El agua y los viajes

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En los últimos años, los viajes internacionales han experimentado un extraordinario incremento, hasta el punto de que ya no son un fenómeno de élite sino de masas.

Cada año, millones de personas se dirigen a países exóticos. No viajan solamente adultos sanos, sino también ancianos, enfermos crónicos, mujeres embarazadas y niños. El viaje a países donde existen enfermedades ya desaparecidas en los países desarrollados, con condiciones higiénico-sanitarias y climas muy distintos de los del país de origen, implica de por sí un riesgo para la salud.

Las enfermedades más frecuentes en estos casos son aquéllas transmitidas por el agua y por los alimentos.

La diarrea afecta al 20-50% de los viajeros. Este trastorno puede causar situaciones embarazosas, molestias o incluso sufrimiento y trastocar los programas de turismo o de negocios. En los individuos más vulnerables, la diarrea también puede ser grave y hasta mortal si no se trata con rapidez y eficacia. Entre otras enfermedades transmitidas por los alimentos y por el agua, los viajeros pueden contraer fiebre tifoidea y paratifoidea, poliomielitis, hepatitis viral A, y varias infecciones parasitarias.

El mejor modo de protegerse es elegir y preparar con esmero los alimentos y las bebidas. Lamentablemente, la apariencia de los alimentos no es garantía de seguridad, porque las comidas contaminadas pueden tener un aspecto muy tener un aspecto muy tentador.

Asegurarse una alimentación sana durante el viaje significa que no se puede comer cuando, donde y lo que se desea. Lo primero que ha de recordarse es que la leche sin pasteurizar las bebidas no embotelladas y todos los alimentos crudos, a excepción de las frutas y verduras que pueden pelarse, pueden estar contaminados y, por lo tanto, ser muy peligrosos. Los platos que contienen huevos crudos o poco cocidos, como la mayonesa u otras salsas o algunos postres, también son una fuente importante de peligro. Los helados de procedencia no fiable suelen estar contaminados y constituyen otro peligro. En lo que respecta a la comida cocida, es preciso cerciorarse de que esté recién preparada y bien caliente. Los alimentos cocidos que se dejan a temperatura ambiente (15-40 ºC) durante más de cuatro o cinco horas constituyen uno de los mayores riesgos de enfermedades de origen alimentario, porque las bacterias pueden multiplicarse en ellos.

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La leche sin pasteurizar debe hervirse antes de consumirla. Salvo que sea de pureza comprobada, el agua para beber ha de hervirse, clorarse y filtrarse. Es preferible evitar el hielo, salvo que conste que se ha preparado con agua sana. Las bebidas como vino, cerveza, té o café caliente, aquéllas adicionadas con anhídrido carbónico o los zumos de frutas envasados suelen ser seguros. Pueden utilizarse comprimidos desinfectantes de liberación lenta, o instalar un filtro en el grifo del agua para obtener una desinfección segura.

Lis viajeros no deben olvidar este consejo popular: “cocínalo, pélalo u olvídalo”. Antes de partir hay que aprovisionarse de sales rehidratantes de uso oral.

Si, además, se va a un ligar donde el agua de red no es segura, es preciso añadir los comprimidos específicos para desinfectarla. También es importante saber que en caso de diarrea hay que beber en abundancia, si es posible una solución rehidratante que contenga sal y glucosa.

La deshidratación causada por la diarrea puede ser peligrosa a cualquier edad, pero más en los niños pequeños.

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